El Pequeño Saltamontes

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Estoy encerrado en una bóveda #poema

No sé cuántos días o años llevo aquí Encerrado en una bóveda de concreto, con poco espacio para moverme El aire es seco y tibio, mis huesos están por quebrarse y mi escaso pelo aún es blanquecino, como mis dientes. No me aflige la soledad ni la falta de sonidos ni imágenes, me basta mis recuerdos, lo que dejé atrás y que aún sobrevive en mi memoria

Es una caja de tres metros de largo por un metro, curiosamente, no siento fatiga ni desesperación, puedo decir que no soy claustrofóbico Pero siento en mi interior, si es que lo tengo, un deseo de acariciar la cabeza de mis perras, ver el jadeo de sus fauces esperando la comida, hay algo que me llama la atención, no tengo dolor pero sí un regocijo en mi mente, todo es oscuridad, un espacio infinito, leve, sin movimiento ni espacio, es lo que pienso es la bóveda final, sí, la bóveda final, el espacio que te pertenece y te permite pensar, de pronto, una luz tremenda, blanca, diría, me dice sin hablar: Puedes salir, ve al espacio exterior.

Estoy “afuera”, puedo de cierta manera oler el aire, la tierra húmeda y las flores marchitas: pero eso no me satisface ni me alegra, es un atardecer de invierno, y la gente a lo lejos, me parece llena de temor, sus caras escuálidas, tristes me dicen mucho, hay tristeza, hay seres que se mueven de lejos como sombras, igual que yo.

Me doy cuenta que la muerte tiene olor, así como la vida lo tiene. Hay más olor a muerte que a vida, y eso me sorprende, no me entristece. También soy capaz de sentir los pensamientos, unos son punzantes, otros suaves como súplicas, llenas de lágrimas, las sombras se acercan y me hablan, yo también.

De cierta manera, he crecido como un niño que ya es capaz de caminar, y tengo cierta autoridad, veo de lejos la bóveda donde estuve cierto tiempo. En una esquina de mi dulce bóveda, sobresale un brillo metálico, fosforescente: Recuerdo muy fuertemente, es una estampa de la Virgen de Guadalupe, que mi hijo dejó ahí, en los momentos finales antes de alojarme en mi bóveda.

Mi hijo, ahora es un pensamiento, no punzante ni fuerte, es una brisa fuerte, huele a cerveza. Pienso en él y regreso a su infancia, cuando no podía caminar, pienso en el día que corriendo, tropezó y se golpeó la dentadura. Mi hijo es fuerte, pero débil a la vez, sensible pero aturdido por los problemas.

El futuro lo tengo en la punta de mis dedos, existe alguien superior a mí que me advierte, y me dice: tu hijo pronto estará contigo y te hará compañía, no desesperes. Me alegro porque el cambiar de estado, es ganancia. Pienso en mi hija, que me acompañó en los momentos más duros de mi conversión, ella está tan cerca de mi, que no me percato de su presencia, es que ella está todavía en el espacio inerte. Yo escucho sus gemidos, pero ella no siente mis palabras, así como mi hijo no me escucha, solamente a través de las aves que están alrededor de ellos, ambos, mis hijos, sufren, lo veo en sus rostros, pero son fuertes, mi hijo está en el proceso de conversión, cuando ingrese a la bóveda final, le será fácil asimilar su nuevo estatus.

Mi hija, con problemas crónicos, tendrá larga vida, es fuerte de espíritu y se aferra a Dios aunque le es difícil para ella asimilar la esencia de Dios. Mi esposa, mi linda palomita, pronto estará conmigo, podré estar con ella y llevarla de la mano por los senderos de Dios.

Estoy cerca de la bóveda en que me confinaron, pero he vencido a la muerte, así como Jesús venció la muerte, El Señor Jesús me llamó y atravesó las paredes de esta bóveda, y aquí estoy, escribiendo este poema de las manos de mi hijo, aún vivo.